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Gestión emocional en mujeres: cómo reducir el impacto del estrés y vivir con mayor bienestar
Gestionar las emociones no significa estar tranquila todo el tiempo, reprimir lo que sentimos ni obligarnos a pensar en positivo. Significa comprender qué nos está ocurriendo, regular la respuesta de nuestro organismo y elegir cómo actuar sin quedar atrapadas en el miedo, la culpa, la ansiedad o el agotamiento.
Hay días en los que el cuerpo parece despertarse antes que nosotras.
La mente comienza a repasar pendientes, conversaciones, problemas laborales, responsabilidades familiares, cuentas, decisiones y necesidades ajenas. Aunque aparentemente no esté sucediendo nada grave, internamente el organismo puede comportarse como si tuviera que responder a una amenaza.
El problema no suele ser un episodio puntual de estrés. El verdadero desgaste aparece cuando ese estado de alerta se convierte en la forma habitual de vivir.
La carga emocional que muchas mujeres sostienen diariamente
Muchas mujeres combinan trabajo remunerado, tareas domésticas, cuidado de hijos o familiares, administración del hogar y acompañamiento emocional de otras personas. A esto se suma una carga mental menos visible: recordar turnos, anticipar problemas, organizar actividades, observar lo que falta y procurar que todo continúe funcionando.
ONU Mujeres advierte que el trabajo de cuidados no remunerado puede implicar largas jornadas, esfuerzo físico, tensión emocional, estrés, pérdida de ingresos y una persistente falta de tiempo propio.
Por eso, hablar de gestión emocional no debería significar enseñarles a las mujeres a soportar cada vez más.
No se trata de respirar profundamente para seguir respondiendo a exigencias ilimitadas. Se trata también de reconocer sobrecargas, pedir colaboración, establecer límites, redistribuir responsabilidades y revisar aquellas condiciones que mantienen al organismo en alerta.
La Organización Mundial de la Salud señala que las desigualdades y la discriminación de género pueden poner en riesgo la salud y el bienestar de las mujeres, además de dificultar su acceso a información, atención y recursos sanitarios.
La gestión emocional es una herramienta personal poderosa, pero no reemplaza el descanso, la seguridad, el apoyo social, una distribución justa de las tareas ni los cambios que pueden ser necesarios en el entorno.
¿Qué significa gestionar las emociones?
Gestionar una emoción es poder:
- reconocer lo que sentimos;
- comprender qué está activando esa emoción;
- observar cómo se manifiesta en el cuerpo;
- diferenciar un peligro real de una anticipación mental;
- regular la intensidad de la respuesta;
- expresar lo que necesitamos;
- y decidir cómo actuar de una manera consciente.
No significa eliminar la tristeza, el miedo, el enojo o la ansiedad. Todas las emociones contienen información.
- El enojo puede señalar que un límite fue vulnerado.
- El miedo puede advertirnos sobre un riesgo.
- La tristeza puede indicar una pérdida o una necesidad de recogimiento.
- La ansiedad puede mostrar que estamos intentando controlar demasiadas variables al mismo tiempo.
El problema aparece cuando la emoción deja de funcionar como una señal temporal y comienza a gobernar nuestros pensamientos, decisiones y relaciones.
Daniel Goleman, uno de los principales divulgadores de la inteligencia emocional, organiza este concepto alrededor de cuatro grandes dimensiones: autoconciencia, autogestión, conciencia social y gestión de las relaciones. Dentro de su modelo, el autocontrol emocional consiste en reconocer emociones perturbadoras y encontrar maneras de regularlas para conservar claridad mental incluso bajo presión.
La gestión emocional, por lo tanto, no busca convertirnos en personas que nunca reaccionan. Busca ampliar el espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos con eso que sentimos.
Cortisol: una hormona necesaria que no debería convertirse en enemiga
El cortisol suele ser llamado “la hormona del estrés”, pero no es una sustancia tóxica que debamos eliminar.
Es una hormona esencial. Participa en la regulación de la energía, el metabolismo, la presión arterial, la respuesta inmunitaria y nuestro ritmo diario de sueño y vigilia. Cuando percibimos una amenaza, el organismo libera cortisol y otras sustancias para prepararnos para luchar, escapar o responder rápidamente.
En una situación puntual, esta reacción puede protegernos y mejorar temporalmente nuestra capacidad de acción.
El problema no es el cortisol en sí, sino la activación frecuente o prolongada del sistema de estrés y la dificultad del organismo para regresar a un estado de recuperación.
El estrés crónico mantiene activos el sistema nervioso simpático y el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal. Con el tiempo, esta respuesta puede relacionarse con alteraciones cardiovasculares, digestivas, inmunológicas, musculares, reproductivas, cognitivas y del sueño.
Por eso, decir que “el cortisol daña todo el organismo” es una simplificación. Una formulación más precisa sería:
Cuando el estado de alerta se mantiene durante demasiado tiempo, la respuesta fisiológica al estrés puede desregularse y afectar múltiples sistemas del cuerpo.
Además, no todas las personas con estrés presentan necesariamente cortisol elevado. El estrés crónico puede asociarse con distintos patrones de desregulación, y una medición aislada no permite explicar por sí sola el cansancio, la ansiedad, el aumento de peso o los problemas de sueño. Las pruebas de cortisol se utilizan principalmente para evaluar determinadas alteraciones endocrinas y deben ser interpretadas dentro de un contexto clínico.
¿Cómo puede manifestarse un estado de alerta sostenido?
Cuando el organismo permanece activado durante demasiado tiempo pueden aparecer señales como:
- dificultad para descansar aunque exista cansancio;
- irritabilidad o reacciones emocionales intensas;
- problemas para concentrarse;
- sensación de estar siempre apurada;
- tensión muscular o dolores de cabeza;
- molestias digestivas;
- agotamiento al despertar;
- pensamientos repetitivos;
- necesidad de controlar constantemente;
- dificultad para disfrutar;
- sensación de que nunca se hace lo suficiente.
Estas manifestaciones no prueban por sí mismas que exista un “exceso de cortisol”. También pueden tener causas médicas, psicológicas, hormonales o ambientales. Sin embargo, sí pueden indicar que la persona necesita revisar su nivel general de estrés, sus hábitos, sus responsabilidades y las condiciones en las que está viviendo.
¿Por qué la gestión emocional puede mejorar la vida cotidiana?
1. Ayuda a tomar decisiones con mayor claridad
Cuando nos encontramos en un estado de alarma, la mente tiende a buscar soluciones inmediatas. Podemos responder impulsivamente, interpretar una dificultad como una catástrofe o intentar resolver todo al mismo tiempo.
Regular primero la activación emocional permite analizar mejor la situación, separar hechos de interpretaciones y elegir una respuesta más adecuada.
La pregunta deja de ser “¿cómo hago para controlar todo?” y comienza a ser “¿qué necesita realmente mi atención en este momento?”.
2. Facilita el establecimiento de límites
Muchas mujeres aprendieron a ser comprensivas, disponibles y responsables incluso cuando eso implicaba ignorar sus propias necesidades.
La gestión emocional permite reconocer el enojo, el cansancio o la incomodidad antes de llegar al colapso. Esto facilita decir no, pedir ayuda, renegociar responsabilidades o abandonar dinámicas que generan un desgaste continuo.
Un límite no siempre es una confrontación. Puede ser una forma de proteger la energía, la salud y la calidad de nuestros vínculos.
3. Mejora la comunicación y las relaciones
Comprender lo que sentimos reduce la tendencia a reaccionar desde la acusación, el silencio o la acumulación de resentimiento.
En lugar de decir “vos nunca me ayudás”, podemos expresar: “Estoy sobrecargada y necesito que esta responsabilidad deje de depender exclusivamente de mí”.
Esto no garantiza que la otra persona responda bien, pero permite comunicar necesidades con mayor precisión y observar con claridad la calidad real del vínculo.
4. Reduce la necesidad de reprimir las emociones
Gestionar no es suprimir.
La investigación sobre regulación emocional muestra que estrategias como reinterpretar una situación, aceptarla o modificar la respuesta pueden ser más saludables que esconder sistemáticamente lo que sentimos. No obstante, ninguna estrategia es adecuada para todas las situaciones: su utilidad depende del contexto, la intensidad de la emoción y la posibilidad real de cambiar aquello que está ocurriendo.
Reprimir permanentemente el enojo, el dolor o el miedo no hace que desaparezcan. Muchas veces solo desplaza su expresión hacia el cuerpo, el sueño, la alimentación, la irritabilidad o las relaciones.
5. Permite recuperar una sensación de dirección personal
El estrés crónico puede llevarnos a vivir reaccionando: resolviendo urgencias, respondiendo mensajes, anticipando necesidades y apagando incendios.
La gestión emocional ayuda a recuperar una pregunta fundamental:
¿Cómo quiero vivir, más allá de todo lo que tengo que resolver?
Esta pregunta permite volver a distinguir entre responsabilidad y sacrificio, entre compromiso y sobrecarga, entre ayudar y desaparecer dentro de las necesidades de los demás.
Referentes que han llevado este tema al público
Daniel Goleman: conciencia y autorregulación
Daniel Goleman popularizó el concepto de inteligencia emocional y mostró que reconocer las propias emociones, regular los impulsos, desarrollar empatía y gestionar relaciones son competencias que pueden entrenarse.
Su aporte central es que la emoción y la razón no son fuerzas opuestas. Las emociones influyen en la atención, la conducta, las relaciones y la capacidad de tomar decisiones. Por eso, aprender a gestionarlas mejora tanto la vida personal como el desempeño profesional.
Marian Rojas Estapé: comprender el estado de alerta
La psiquiatra Marian Rojas Estapé ha dedicado gran parte de su trabajo divulgativo a explicar cómo el miedo, la preocupación constante, el perfeccionismo y los estados prolongados de alerta pueden influir sobre el organismo.
En sus libros y conferencias destaca la relación entre pensamientos, emociones, estrés y cortisol, y propone conocer los propios factores de activación para comprender mejor las reacciones del cuerpo.
Su divulgación ha ayudado a que muchas personas presten atención a la conexión entre mente y cuerpo. Sin embargo, es importante integrar estos conceptos con una mirada más amplia: el bienestar emocional no depende únicamente de modificar los pensamientos. También está condicionado por los vínculos, el trabajo, la economía, la salud, la seguridad y las condiciones materiales de vida.
Mario Alonso Puig: regulación, conexión y acompañamiento
El médico y divulgador Mario Alonso Puig aborda el impacto del estrés crónico y destaca el valor del acompañamiento humano. Una de sus ideas recurrentes es que la recuperación no siempre es un proceso solitario: sentirnos comprendidas, apoyadas y vinculadas puede modificar la manera en que atravesamos una situación difícil.
Esta idea coincide con la evidencia sobre conexión social. Los vínculos estables y de calidad pueden mejorar la capacidad para afrontar el estrés, favorecer el bienestar y brindar apoyo durante los desafíos de la vida.
No se trata de relacionarnos con muchas personas, sino de contar con vínculos en los que podamos descansar emocionalmente, pedir ayuda y sentirnos seguras.
Una práctica breve de gestión emocional para el día a día
Cuando notes que una emoción comienza a desbordarte, podés realizar este proceso:
- Detenete
No respondas inmediatamente ese mensaje, no tomes todavía la decisión y no intentes resolver todo en el mismo momento.
Hacé una pausa física. - Nombrá lo que sentís
Intentá ser específica:
“Estoy enojada”.
“Estoy asustada”.
“Estoy decepcionada”.
“Estoy sobrecargada”.
“Me siento ignorada”.
“Estoy intentando controlar algo que no depende de mí”.
Nombrar la emoción ayuda a dejar de experimentar únicamente una sensación difusa de malestar. - Observá el cuerpo
Preguntate:
¿Dónde siento esta emoción?
¿Estoy conteniendo la respiración?
¿Tengo tensos los hombros o la mandíbula?
¿Necesito descansar, moverme, llorar, hablar o permanecer en silencio?
Realizar respiraciones lentas, caminar, estirar el cuerpo o permanecer unos minutos sin estímulos puede ayudar a disminuir la activación inicial. Algunas investigaciones encuentran beneficios potenciales de las técnicas respiratorias para reducir el estrés, aunque no sustituyen una evaluación o tratamiento cuando el malestar es persistente. - Separá hechos de interpretaciones
Preguntate:
¿Qué ocurrió realmente y qué parte estoy anticipando, suponiendo o interpretando?
Esto no significa negar la intuición ni justificar conductas dañinas. Significa reunir información antes de reaccionar. - Elegí una acción concreta
La acción puede ser: mantener una conversación; pedir ayuda; posponer una decisión; expresar un límite; retirarte de una situación; descansar; consultar a una profesional; aceptar que algo no depende de vos; o resolver un único paso en lugar de todo el problema.
Gestionar una emoción no siempre termina en calma. A veces termina en una decisión incómoda pero necesaria.
Hábitos que ayudan a regular el sistema de estrés
No existe una técnica única para “bajar el cortisol”. El bienestar se construye mediante un conjunto de condiciones y hábitos sostenidos.
Dormir lo suficiente, moverse regularmente, realizar pausas, limitar la exposición constante a noticias o redes, escribir sobre lo que sentimos, practicar técnicas de relajación y hablar con personas de confianza son algunas de las recomendaciones utilizadas para el manejo del estrés.
Las prácticas de mindfulness también pueden ayudar a algunas personas a reducir el estrés percibido, la ansiedad o la depresión. Sin embargo, la evidencia sobre su efecto directo en los niveles de cortisol todavía es heterogénea: algunos estudios muestran cambios y otros no.
Por eso, meditar puede ser una herramienta, pero no una obligación ni una solución universal.
También es gestión emocional dormir.
También es gestión emocional pedir colaboración.
También es gestión emocional dejar de responder inmediatamente.
También es gestión emocional reconocer que una situación nos supera.
También es gestión emocional alejarnos de aquello que nos enferma.
Cuándo buscar acompañamiento profesional
Conviene consultar con una médica o profesional de salud mental cuando el estrés, la tristeza, la ansiedad o el agotamiento interfieren de manera persistente con el sueño, el trabajo, las relaciones, la alimentación o las actividades cotidianas.
También cuando aparecen ataques de pánico, aislamiento, desesperanza, pensamientos repetitivos difíciles de controlar o síntomas físicos nuevos.
Pedir ayuda no significa haber fallado en la gestión emocional. Significa reconocer que algunas situaciones necesitan acompañamiento, evaluación y tratamiento.
Gestionar las emociones no es controlarlo todo
Una mujer emocionalmente saludable no es aquella que nunca se enoja, nunca se angustia y siempre conserva la calma.
Es aquella que puede escuchar lo que siente sin quedar completamente gobernada por ello. Que reconoce cuándo necesita avanzar y cuándo necesita detenerse. Que aprende a diferenciar una amenaza real de una preocupación anticipada. Que comprende cuándo debe regular su reacción y cuándo debe modificar la situación que la está dañando.
La gestión emocional no elimina las dificultades de la vida.
Pero puede ayudarnos a atravesarlas con más claridad, preservar nuestra energía, cuidar nuestros vínculos y dejar de vivir permanentemente en estado de alerta.
No se trata de convertirnos en mujeres capaces de soportarlo todo.
Se trata de construir una vida en la que no tengamos que hacerlo.
Carolina Celeste Delfino
Coach de Identidad & Vida